Cine

Las pérdidas siempre duelen, en Julieta de Pedro Almodóvar

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Cuando el año pasado madrid recibía a Pedro Almodóvar como localización de su próxima película, se empezó a hablar de la temática, que vagamente se dejó caer desde la productora, como un tema familiar donde el silencio y la relación padres e hijos sería el elemento principal. En este caso, Almodóvar ha condensado en 100 minutos dos generaciones, una madre y una hija, y un espacio temporal de unos 20 años en una película que nos adentra en el silencio entre las dos mujeres, marcadas por la pérdida.

La producción que empezó llamándose “Silencio” sufrió el cambio de nombre por no coincidir con la producción que prepara Martin Scorsese para este mismo año y que ya se había anunciado también como Silencio. El cambio a Julieta ha sido sin duda un marcador de cómo interpretar la película, sabiendo su título inicial, porque condiciona la focalización que hace el espectador cuando se presenta delante de la historia. Julieta explica dos generaciones de mujeres marcadas por una pérdida. Julieta de joven se enamora, vive la pasión y tiene una hija. Julieta más madura aprende a vivir con el silencio, sola, sin más ataduras que su pasado. Julieta

La historia es una adaptación libre de tres relatos de Alice Munro, escritora canadiense ganadora de un premio Nobel. Uno de los elementos que no nos encaja en la película es la relación entre los personajes y sus actos en si. Hay que partir de la novela, son canadienses y los lazos familiares en ese país son muy distintos a los nuestro, y aunque Almodóvar ha introducido a la familia como punto central ha mantenido las características de la familia canadiense en su película. Y eso distorsiona la imagen de la familia que tenemos. No por cómo debe ser o comportarse una familia, sino por la reacción que tienen las mujeres entre ellas en la película. Aunque todas las actrices que forman el reparto nos convencen en sus roles, es justamente cómo se ha tratado a cada una de ellas en la historia lo que no nos acaba de parecer verosímil. Toda la historia está presentada des de la óptica de la Julieta madura, la que recuerda el pasado y la que busca llenar el vacío de su hija con algo que le aporte confort. El recurso típico que encontramos en otras película como es el de flash-back en motivo de una carta o de una explicación, nos aburre, nos parece fácil y que al final es un motivo sin importancia.

En cuanto a ellas, uno de los debates sin duda está entre Adriana Ugarte y Emma Suárez. Cuál de las dos presenta mejor a una personaje tan distinto en dos de sus etapas de la vida. Ambos personajes están muy caracterizados según la etapa de cada una. Ugarte (Julieta de joven) mantiene una estética muy ochenta/noventa que nos despista en cuanto al paso del tiempo entre una y otra. El paso del tiempo entre ellas dos es de lo que no nos quedo nada claro. Suárez (Julieta adulta) mantiene un aire más refinado, más actual y con unos picos emotivos muy fuertes, pasando de un estado a otro rápidamente. El único problema quizás es el ambiente musical que rodea las emociones de los personajes, no sabemos muchas veces el por qué la banda sonora busca crear tensión o misterio. Nos ha sobrado en muchos momentos. Quizás el propio silencio sonoro habría sido más interesante.

Para finalizar destacar el montaje de la película donde predomina el salto entre el presente y el pasado, algunos saltos con menos gracia que otros pero sin duda, el punto de confluencia que todo espectador recordará después de verla es el cambio entre una y otra actriz. En ese momento donde todo cambia, donde los roles familiares se invierten, donde el rumbo está perdido, el pasado se vuelve presente. Fue perfecto, porque mientras atiendes a la conversación entre su hija y su amiga te das cuenta que el tiempo le ha pasado y ha sido una invalida sin voz, sin capacidad de decidir qué hacer. Ha quedado atrapada en una noche.

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